Los hombres en mi vida han sido cuestión de miles de escritos, sonrisas, carcajadas, pensamientos, mentadas de madre mentales, sentimientos, fracasos, lágrimas, momentos de felicidad, momentos de frustración y bailes a través de muchos años, desde que me compré enterito el personaje de Mr. Darcy. Hombres que me han impactado y nunca podré olvidar, por lo que representaron en lo que soy hoy. Y no hablo solamente de novios, amantes, amigos o amores platónicos si no incluso del responsable de la mitad de mis cromosomas y material genético y mi amado compañero de apellido. Finalmente, como todas las personas que se cruzan por mis caminos, ha habido unos que me han dejado más que otros, unos que me han dolido más que otros y algunos que merecen un cajón de mi archivero de la memoria (aún mejor, mi caja mental de recuerdos con encaje y diamantina).
Hubo uno que cambió muchas cosas de mí. Nunca fue mi novio, ni mi amigo, ni mi compañero. Probablemente ni siquiera se acuerde de mí ni tenga una idea del impacto tan grande que tuvo en mi vida, sin conocer nada más que mi letra y mi mochila. Indeed, era mi profesor. No, no era el viejo cliché del profesor experimentado y la colegiala con minifalda. Not at all.
Yo iba en primero de secundaria. Apenas lidiaba con una menstruación, con mis crecientes curvas y con misterios de amor que alcanzaba a leer en puras novelas de Jane Austen. Él (no recuerdo su nombre) era mi profesor de Español. Yo, la más ñoña de mi clase, me sentaba hasta adelante y copiaba todo al pie de la letra. Un día, cuando menos lo esperaba, me entregó una tarea calificada junto con un libro. ”Léelo, luego me dices qué opinas”. Me presentó a uno de mis grandes amores: Edgar Allan Poe. Me pidió que lo leyera, minuciosamente. Escogí un cuento al azar: El Gato Negro. Quedé prendada. Terminé “Narraciones Extraordinarias” en una noche. El corazón delator, La Máscara de la Muerte Roja, El pozo y el péndulo. Todos me enamoraron. ¡No podía creer la joya que tenía en mis manos de la que había estado perdiéndome y yo malgastando mis hormonas pubertas leyendo a Miss Bennet!
Ahí no acaba ese sentimiento tan extraño que tenía. Él las sabía de memoria, las narraciones extraordinarias. Todos los cuentos de ese libro. Los recitaba como si dijera su nombre y su dirección y le ponía tanta emoción que se me encrespaba la piel. Pasaron un par de meses y me presentó a Shakespeare, a quien a mis cortos años, yo no conocía debido a su gran complejidad de vocabulario. Luego a Alejandro Dumas, a Tolstoi, a Kafka, a Homero a Pink Floyd, a The Who y a Led Zeppelin. Era un hombrecillo de complexión delgada, un afro ochentero y una chamarra de piel foreveryoung. Odiaba los autos y amaba el teatro: era actor.
Con mis impecables calificaciones me confió la más grande misión. “No defraudes al viejo Poe, vas a un concurso de ortografía”. Me entrenó como Rocky y en mi ñoñez más grande, gané el Concurso Nacional de Ortografía y Gramática. No lo presumo todos los días, la verdad que sí me da penita. Era su Padawan y él se esforzaba por exprimir mi cerebro, yo no podía con todo lo que sabía, lo inundaba de preguntas, me cuestionaba todo, me daba libros a leer y yo no entendía cómo iba a lograr absorberlo todo. Preparó una obra de teatro, Macbeth, para los de preparatoria y yo era su asistente. Supervisé los libretos, los diálogos, las luces, todo. Seguramente eso siente un ciego que vuelve a ver, no alcanza a asociar lo conocido por sus sentidos con esas nuevas formas.
El día menos esperado, se fue. Cosas que yo no supe ni era capaz de comprender, intereses que nada tenían que ver conmigo. Me dió una “carta” (más bien media cuartilla escrita con rapidez y en un sobre) donde me suplicaba no desperdiciara todo lo que había aprendido. Que nunca dudara en corregir la ortografía de alguien, pues era el acto de mayor filantropía que podía ofrecer al mundo. Que escribiera todo lo que pensaba y algún día iba a tomar forma. No firmó, pero se despidió poniendo entre comillas “ All in all, it’s just another brick in the wall. “
Me marcó, durísimo. Nunca volví a saber de él, terminé la secundaria, la preparatoria, la carrera y siempre recuerdo con un sentimiento que no puedo describir a esa persona que determinó tantas cosas de mí. No me enseñó nada más que gramática, ortografía y mucho carácter, pero abrió una puerta y me empujó a ver todo lo que había dentro que yo podía crear.
De ahí pasé a ser muchas versiones de mí misma, hasta llegar a esta. Una combinación entre una mujer, con algunos hábitos de hombre, apetitos de muchos tipos, ambiciones, sueños de escritura y un amor desmesurado por el flamenco. No le doy todo el crédito, lo que soy lo he forjado yo, me ha costado trabajo definir quién soy y además, sentir un orgullo grande por muchas cosas que amo de mí, pero definitivamente, fue una de las muchísimas especias que conforman lo Dulce de esta Afrodita, le dan sazón y sin la cual, seguramente este guiso sería insípido.
If you wanna find out what’s behind these cold eyes,
You’ll just have to claw your way through this disguise.Pink Floyd

So this is why you are one of the most important women I’ve ever met.
Sabes que te escucho perfecto mientras leo, sonriendo no una ni dos veces, sino una por cada letra.
Y todo eso me impulsa a ser al menos otro ratito un maestro malpagado que da consejos a sus alumnitos de vez en vez, ja!
No me imagino lo maravilloso que debe ser, ser tu alumno. Esos niños, tienen mucho mucho que aprender. Y no sé qué materia des, no me refiero a ese aprendizaje.
Love you and looooove the way you write, wish I was that good.
Ojalá sigas escribiendo de otras especias que te dan tanto sabor, me encanta leer que es lo que te hace ser así.
Miss u!