Mi mamá se levantó un día en algún momento del año mientras transcurrían sus 40 primaveras y decidió que quería ser yogui. Muy cool el asunto, se compró un video de una chinita medio loca con flores en la cabeza y empezó a copiar todo lo que hacían. Se metió a leer y ahora es una cuasicincuentona con cuerpo envidiable y un cutis más liso que el de un bebé después de menjurje y medio que se echaba religiosamente todas las noches. Le entró la crisis de la mediana edad.
Yo apenas voy. Todavía polluela yo, no llego a los 25. Pero al rascarle a los ish, me doy cuenta que mi generación presenta una crisis mayor que la de la “mediana edad” justo al cuarto, a los 25. Te venden la idea del espectacular de Periférico: young, succesful and glamourous. O eres una vieja bien buena con ropa chic, eres un empresario joven con MBA, eres un intelectualoide wannabehipster que tiene una opinión hater para todo o no eres nada de lo anterior. Si no todo lo contrario. Ya dejamos de escribir sobre manitas sudadas y cogiditas ricas para preocuparnos por nosotros. Si el amor existe o no, puede pasar a otro plano. Ahora luchamos por subsistir con la quincena, por ahorrar para un carro, para salirnos de casa y vivir modesta pero libremente, por forjarnos de una opinión. Por no salir madreados de una relación en la que ya en estos tiempos no se necesita nada más que ganas para que sea una relación. Ya no hay que ser novios, ni amantes, ni fuck buddys, ni nada. Etiquetas, nada más. Overrated.
Buscamos una reinvención. No por evolución, sino por necesidad. Música que constantemente nos haga cambiar entre un humor y otro. Buscamos un nuevo look, una nueva postura ideológica. Una nueva opinión. Un nuevo amor que nos deje menos jodidos que el anterior. Una nueva versión de nosotros mismos sin cambiar lo que con tantos años de pubertad descontrolada forjamos.
Buscamos estabilidad.
El verdadero problema radica en que el 90% de las veces, la metodología que empleamos es incorrecta. Como si fuera un par de jeans, probamos uno y otro y otro más. Diferentes versiones, probamos de todo y en realidad no compramos nada. Estamos todavía verdes y eso nos preocupa más.
Yo por mi parte, sorprendida ante este extraño movimiento generacional, no espero mucho. Vamos, ya no espero. Esperar quedó en el cajón de mi pubertad. Lo único que busco, es estabilidad. Para todos lados. No estar en la cuerdita floja emocional, no buscar a alguien para que me use de salvavidas, liberarme de demonios de relaciones pasadas, liberarme de exnovias de relaciones presentes y futuras, trabajo estable, ideología estable. Un camino que me deje abrir paso entre las ramas que si no me fijo, en cuanto paso, me pegan en la espalda.
La crisis del cuarto de siglo es más dura de lo que imaginé. Las decisiones te empiezan a perseguir y llega el momento inevitable en que te ves al espejo y no queriendo la cosa te dices a tí mismo: “Eres un adulto. Toma tus decisiones. Deja de perder en tiempo en pendejadas. Grab a pair. Haz que las cosas te sucedan”. Ugh. Ya ni librito motivacional.
No hay de otra, crecemos y no nos damos cuenta. Entonces nos percatamos que queremos usar labial rojo, tanga de encaje e ideas nuevas. Besar rico. Enseñar. Aceptar. Decidir. Dejar. A veces lastimar. Esperar a que pase otro cuarto de siglo para tener una nueva crisis y salir a buscar un amante joven y/o un coche deportivo.
