Narraciones extraordinarias

febrero 2, 2011 - 3 comentarios

Los hombres en mi vida han sido cuestión de miles de escritos, sonrisas, carcajadas, pensamientos, mentadas de madre mentales, sentimientos, fracasos, lágrimas, momentos de felicidad, momentos de frustración y bailes a través de muchos años, desde que me compré enterito el personaje de Mr. Darcy. Hombres que me han impactado y nunca podré olvidar, por lo que representaron en lo que soy hoy. Y no hablo solamente de novios, amantes, amigos o amores platónicos si no incluso del responsable de la mitad de mis cromosomas y material genético y mi amado compañero de apellido. Finalmente, como todas las personas que se cruzan por mis caminos, ha habido unos que me han dejado más que otros, unos que me han dolido más que otros y algunos que merecen un cajón de mi archivero de la memoria (aún mejor, mi caja mental de recuerdos con encaje y diamantina).

Hubo uno que cambió muchas cosas de mí. Nunca fue mi novio, ni mi amigo, ni mi compañero. Probablemente ni siquiera se acuerde de mí ni tenga una idea del impacto tan grande que tuvo en mi vida, sin conocer nada más que mi letra y mi mochila. Indeed, era mi profesor. No, no era el viejo cliché del profesor experimentado y la colegiala con minifalda. Not at all.

Yo iba en primero de secundaria.  Apenas lidiaba con una menstruación, con mis crecientes curvas y con misterios de amor que alcanzaba a leer en puras novelas de Jane Austen. Él (no recuerdo su nombre) era mi profesor de Español. Yo, la más ñoña de mi clase, me sentaba hasta adelante y copiaba todo al pie de la letra.  Un día, cuando menos lo esperaba, me entregó una tarea calificada junto con un libro.  ”Léelo, luego me dices qué opinas”. Me presentó a uno de mis grandes amores: Edgar Allan Poe. Me pidió que lo leyera, minuciosamente.  Escogí un cuento al azar: El Gato Negro.  Quedé prendada. Terminé “Narraciones Extraordinarias” en una noche. El corazón delator, La Máscara de la Muerte Roja, El pozo y el péndulo. Todos me enamoraron.  ¡No podía creer la joya que tenía en mis manos de la que había estado perdiéndome y yo malgastando mis hormonas pubertas leyendo a Miss Bennet!

Ahí no acaba ese sentimiento tan extraño que tenía.  Él las sabía de memoria, las narraciones extraordinarias. Todos los cuentos de ese libro. Los recitaba como si dijera su nombre y su dirección y le ponía tanta emoción que se me encrespaba la piel. Pasaron un par de meses y me presentó a Shakespeare, a quien a mis cortos años, yo no conocía debido a su gran complejidad de vocabulario.  Luego a Alejandro Dumas, a Tolstoi, a Kafka, a Homero a Pink Floyd, a The Who y a Led Zeppelin. Era un hombrecillo de complexión delgada, un afro ochentero y una chamarra de piel foreveryoung. Odiaba los autos y amaba el teatro: era actor.

Con mis impecables calificaciones me confió la más grande misión. “No defraudes al viejo Poe, vas a un concurso de ortografía”. Me entrenó como Rocky y en mi ñoñez más grande, gané el Concurso Nacional de Ortografía y Gramática. No lo presumo todos los días, la verdad que sí me da penita. Era su Padawan y él se esforzaba por exprimir mi cerebro, yo no podía con todo lo que sabía, lo inundaba de preguntas, me cuestionaba todo, me daba libros a leer y yo no entendía cómo iba a lograr absorberlo todo.  Preparó una obra de teatro, Macbeth, para los de preparatoria y yo era su asistente. Supervisé los libretos, los diálogos, las luces, todo.  Seguramente eso siente un ciego que vuelve a ver, no alcanza a asociar lo conocido por sus sentidos con esas nuevas formas.

El día menos esperado, se fue. Cosas que yo no supe ni era capaz de comprender, intereses que nada tenían que ver conmigo.  Me dió una “carta” (más bien media cuartilla escrita con rapidez y en un sobre) donde me suplicaba no desperdiciara todo lo que había aprendido. Que nunca dudara en corregir la ortografía de alguien, pues era el acto de mayor filantropía que podía ofrecer al mundo. Que escribiera todo lo que pensaba y algún día iba a tomar forma.  No firmó, pero se despidió poniendo entre comillas “ All in all, it’s just another brick in the wall. “

Me marcó, durísimo. Nunca volví a saber de él, terminé la secundaria, la preparatoria, la carrera y siempre recuerdo con un sentimiento que no puedo describir a esa persona que determinó tantas cosas de mí. No me enseñó nada más que gramática,  ortografía  y mucho carácter, pero abrió una puerta y me empujó a ver todo lo que había dentro que yo podía crear.

De ahí pasé a ser muchas versiones de mí misma, hasta llegar a esta. Una combinación entre una mujer, con algunos hábitos de hombre, apetitos de muchos tipos, ambiciones, sueños de escritura y un amor desmesurado por el flamenco. No le doy todo el crédito, lo que soy lo he forjado yo, me ha costado trabajo definir quién soy y además, sentir un orgullo grande por muchas cosas que amo de mí, pero definitivamente, fue una de las muchísimas especias que conforman lo Dulce de esta Afrodita, le dan sazón y sin la cual, seguramente este guiso sería insípido.

 

If you wanna find out what’s behind these cold eyes,
You’ll just have to claw your way through this disguise.

Pink Floyd

 

Un cuartito

septiembre 29, 2010 - Escribir una respuesta

Mi mamá se levantó un día en algún momento del año mientras transcurrían sus 40 primaveras y decidió que quería ser yogui. Muy cool el asunto, se compró un video de una chinita medio loca con flores en la cabeza y empezó a copiar todo lo que hacían. Se metió a leer y ahora es una cuasicincuentona con cuerpo envidiable y un cutis más liso que el de un bebé después de  menjurje y medio que se echaba religiosamente todas las noches. Le entró la crisis de la mediana edad.

Yo apenas voy. Todavía polluela yo, no llego a los 25. Pero al rascarle a los ish, me doy cuenta que mi generación presenta una crisis mayor que la de la “mediana edad” justo al cuarto,  a los 25. Te venden la idea del espectacular de Periférico: young, succesful and glamourous. O eres una vieja bien buena con ropa chic, eres un empresario joven con MBA, eres un intelectualoide wannabehipster que tiene una opinión hater para todo o no eres nada de lo anterior. Si no todo lo contrario. Ya dejamos de escribir sobre manitas sudadas y cogiditas ricas para preocuparnos por nosotros. Si el amor existe o no, puede pasar a otro plano. Ahora luchamos por subsistir con la quincena, por ahorrar para un carro, para salirnos de casa y vivir modesta pero libremente, por forjarnos de una opinión. Por no salir madreados de una relación en la que ya en estos tiempos no se necesita nada más que ganas para que sea una relación. Ya no hay que ser novios, ni amantes, ni fuck buddys, ni nada. Etiquetas, nada más. Overrated.

Buscamos una reinvención. No por evolución, sino por necesidad. Música que constantemente nos haga cambiar entre un humor y otro. Buscamos un nuevo look, una nueva postura ideológica. Una nueva opinión. Un nuevo amor que nos deje menos jodidos que el anterior. Una nueva versión de nosotros mismos sin cambiar lo que con tantos años de pubertad descontrolada forjamos.

Buscamos estabilidad.

El verdadero problema radica en que el 90% de las veces, la metodología que empleamos es incorrecta. Como si fuera un par de jeans, probamos uno y otro y otro más. Diferentes versiones, probamos de todo y en realidad no compramos nada. Estamos todavía verdes y eso nos preocupa más.

Yo por mi parte, sorprendida ante este extraño movimiento generacional, no espero mucho. Vamos, ya no espero. Esperar quedó en el cajón de mi pubertad.  Lo único que busco, es estabilidad. Para todos lados. No estar en la cuerdita floja emocional, no buscar a alguien para que me use de salvavidas, liberarme de demonios de relaciones pasadas, liberarme de exnovias de relaciones presentes y futuras, trabajo estable, ideología estable. Un camino que me deje abrir paso entre las ramas que si no me fijo, en cuanto paso, me pegan en la espalda.

La crisis del cuarto de siglo es más dura de lo que imaginé. Las decisiones te empiezan a perseguir y llega el momento inevitable en que te ves al espejo y no queriendo la cosa te dices a tí mismo: “Eres un adulto. Toma tus decisiones. Deja de perder en tiempo en pendejadas. Grab a pair. Haz que las cosas te sucedan”. Ugh. Ya ni librito motivacional.

No hay de otra, crecemos y no nos damos cuenta. Entonces nos percatamos que queremos usar labial rojo, tanga de encaje e ideas nuevas. Besar rico. Enseñar. Aceptar. Decidir. Dejar. A veces lastimar. Esperar a que pase otro cuarto de siglo para tener una nueva crisis y salir a buscar un amante joven y/o un coche deportivo.

Que los arcoiris ya no son de colores.

Que los arcoiris ya no son de colores.

Algo nuevo, algo viejo, algo prestado, algo azul.

julio 26, 2010 - Una respuesta

La historia va más o menos así: una mujer crece, conoce al hombre de su vida, se aman, se casan y viven felices por siempre. Deseo de mujeres, madres, abuelas, tías, amigas y uno que otro hombre. Contados. Sueños de mujeres que siempre han esperado  ’el día más feliz de su vida’. Se lo pintan a uno muy simple. Casi automático. Predestinado.

Hay otras como yo, que la creían innecesaria y llega un momento, en el que se dan cuenta que desean una como todas las demás. Sólo es que siempre me ha costado imaginar qué se siente tener “un día más feliz”.

El creer o no en el matrimonio, no es el tema de este post. Incluso me atrevo a pensar que el matrimonio y la boda no tienen nada que ver, excepto que es el canal para llegar a uno por medio del otro. El matrimonio es otro asunto. Papeleo, convivencia, tiempo, acciones, química, esfuerzos, hijos, desgastes, alegrías y recuerdos. Convenios. Incluso costumbre. Yo hablo expresamente de la boda.  El bodorrio, la pachanga, la víbora de la mar, el papá borracho, el hermoso vestido, el pastel.

Al final, lo que realmente simboliza una boda es: “por fin dejaré de buscar… este es el bueno”. Bodas que pueden darse entre parejas que se han conocido por muy poco tiempo o entre parejas que llevan muchos años juntos. Una boda puede ser una decisión mutua, un arranque de espontaneidad, una declaración de amor, una celebración de pareja, puede ser el siguiente paso lógico, puede ser conveniente, puede ser una costumbre. Pase lo que pase, sea para siempre o termine en un divorcio, casarte promete una estabilidad que parece pero no es segura y que puede no ser verdadera. Es una promesa a que dejarás de buscar, que has encontrado con quien quieres estar. Volvemos al tema recurrente: todos queremos amar y ser amados.

Todo eso es una promesa de boda. Decir votos, jurar amor. Jurarlo como si estuviéramos completamente seguros que no va a cambiar. Todos queremos nuestro final feliz. Entonces ¿qué busca la gente con una boda? Creo que lo que buscamos es es precisamente, dejar de buscar. Dejar de besar sapos, encontrar al príncipe.

Por eso los hombres no deberían paniquearse. Sí, las mujeres somos (al menos mayoría) seres cursis que quieren una boda. Pero no estamos desesperadas. Al menos no todas. No es una enfermedad crónica que aparece después de los 25 en la que debemos casarnos o se nos caerá la piel. No, no es competencia con las amigas. Al menos en mi caso. El cliché que envuelve a una boda les ha hecho creer que queremos una a como dé lugar. En realidad creo que a lo que le huyen no es a la boda, si no al matrimonio.

Yo la verdad quiero una boda. Digo, no ahorita, ni pronto. Pero quiero un vestido enorme muy flamenco, color blanco (como la virginidad que representa y orgullosamente hace mucho no la tengo), unas damas de honor, un pastel delicioso, una noche de protagonismo, romanticismo, mis amigos y mis papás hasta el moco y un “puede besar a la novia”.  Quiero esa promesa de experimentar un amor tan fuerte por alguien, que me haga querer pasar toda mi vida con él. Aunque casarte sea una vez más, tirar los dados y esperar que funcione. Quiero saber qué es llevar todo al siguiente nivel. Quiero una boda, pero no quiero casarme por costumbre, por comodidad, porque me conviene, porque es un buen hombre, por lógica, por un paso automático, porque ya no quiero seguir buscando. Todo esto llega a tiempos diferentes para cada uno y a pesar de que uno pueda planear casarse a cierta edad, la verdad uno nunca sabe. Siempre hay uno que te mueve el tapete o una mujer que lo tiene todo. Pero como todo en la vida, lo bueno no llega fácil ni llega rápido. Hay que saber esperar, hay que saber encontrar. Eso sí, cuando me case…… agárrense.

Y de pilón.. un video de una mujer guapetona cantándole a su novio en plena boda. Una canción cursi, por supuesto y aflamencada. La verdad, saca lagrimita.

Pide un deseo

junio 30, 2010 - Escribir una respuesta

Quiero leer un excelente libro, tomando un excelente café. Latte, mi favorito.

Quiero escuchar un disco que me haga llorar y me haga bailar.

Quiero levantarme temprano e ir a correr. Quiero sudar hasta que no pueda ver y todo me sepa salado.

Quiero tomarme un baño caliente de esos que te empañan el espejo y hacen que te salga humito de los hombros.

Quiero encontrarme a alguien por casualidad y regocijarme.

Quiero sentarme donde haya una vista excepcional a contemplarla. Y no pensar en nada.

Quiero tomar el sol por horas y luego sentir cómo me ciega el entrar a un lugar más oscuro.

Quiero que me den un abrazo que me deje un nudo en la garganta. Quiero llorar sin que nadie me oiga.

Quiero reírme hasta que me duela la panza. Hasta que pase de la risa al llanto.

Quiero sonreírme después de maquillarme.

Quiero tomarme una foto y observarla por horas.

Quiero sentarme en pasto mojado y observar las nubes. Y pensar.

Quiero sumergirme en el agua y olvidar que se me sube el traje de baño.

Quiero amar con toda el alma. Quiero querer hasta que canse.

Quiero paz. No mundial (o bueno, también), quiero paz en el alma. Paz en mi cabeza.

Quiero no sentirme cansada.

Y quiero un helado con fresas. Pero ése es el más fácil de conseguir de todo lo anterior.

Forever young

junio 27, 2010 - Una respuesta

Life is funny.

Odio que me hagan preguntas del tipo:  ¿Cómo te ves en 10 años?. Nunca sé que contestar. No es falta de carácter de planeación, es simple necesidad de no saber. Hay veces que no sé ni qué haré mañana, ¿cómo debo responder a esas preguntas?. Alguna vez en la preparatoria me preguntaron ¿cómo te ves a los 25 años? La neta no me acuerdo ni qué respondí. No tengo 25, pero no tardo en cumplirlos. La vida me ha dado tabla el último par de años. Tabla marica, además. Hemos llevado una pelea de dos a tres caídas sin límite de tiempo. Máscara contra cabellera. Chingaderas contra lucidez. Aún no me ha noqueado.

Me habló ayer por la noche una amiga. Una que he conocido por mucho tiempo. Unas papas a la francesa, dos chelas, cinco planes futuros  y quinientas reflexiones después nos quisimos sentir “forever young”. Buscando Botox para el alma, terminamos en el portal de 20 años después.

La festejada era una mujer muy guapa de 42 años. Buen cuerpo, gran estilo, divinos zapatos y hermosa casa. Amueblada con lo mejor.  Divorciada. O peor, recién divorciada. La conoció alguien en el gimnasio y se  hicieron amigas. Por eso terminamos ahí. La fiesta era para morirse. Una mesa llena de sushi y bocaditos (y yo moría de hambre).  Mesitas con sillas periqueras. Martinis. Juan Ga. Hasta hubo mago.

La pasamos bien. Conocí un grupo de mujeres en sus 40 y tantos. Unas exitosas, otras divorciadas. Unas borrachas, otras haciendo alarde de sus 3 horas diarias en el gym. La cumpleañera festejaba no sólo sus 42 veranos, si no, una nueva etapa de su vida, una sin ataduras del matrimonio, con planes nuevos y cremas nuevas. “La vida empieza a los 40″ era el lema de la fiesta. Al parecer a mis escasos 23 años era no sólo poco experimentada, también era inocente. ¿Inocente yo? That’s new.

Y para verse fabulosa a los 40 es una intensa estrategia cuidadosamente planeada, me comentaba. Crema de día, crema de noche. Yoga una hora por las mañanas. Licuados energéticos. Ropa cara. Una carrera exitosa. Amigas igual de entusiastas. Pilates. Botox. Me atrevo a pensar que hasta un amante de veintitantos. Todo eso te mantiene joven por fuera. Comienzo a creer que hasta el divorcio las rejuvenece.  ¿Y cómo le hace uno para el alma?Para el desgane. Para el corazón atormentado. Para las relaciones fallidas, para la inseguridad. ¿Cuál es la fórmula secreta, para no dejar de creer, a pesar de los años? Porque en el club de la vida de “no dejes de creer en las trescientas pendejadas que te dicen que creas desde que tienes 8 años”… me están perdiendo.

No fue si no hasta que un panzón calvo señor con demasiado pelo en pecho intentó la plática cuando decidí que había absorbido demasiado mood cuarentón y me despedí terminando mi trago y deseando lo mejor a la festejada. Hermosa casa, en verdad. Entonces no pude evitarlo: el miedo. ¿Qué para mí a los 40?. Y falta tanto pero no lo puedo evitar. No se trata de los 30, 40 ó 50.  ¿Qué para mí a mis 23? . Se trata de ese difícil momento desequilibrado, desesperado, inestable en el que hay que decidir lo que sigue. Estrategia de pasos sigilosamente elegidos para desatar …. el futuro. Los años venideros. ¿Habrá algún momento en el que uno se pueda relajar, tomar asiento, cruzar las piernas y sin darse cuenta… ser feliz? ¿ En dónde termina el camino amarillo? ¿Dónde está el manual para crecer, para planear, para tomar buenas decisiones? Para no arrepentirse.

Uno encuentra reflexión en donde puede.

Which way?

Metro

mayo 24, 2010 - Una respuesta

Ahora que poseo un semi-empleo responsable, he explorado al máximo el servicio de transporte público. Claro, porque no tengo carro ni puedo costearme uno, aunque me gusta aliviar la pena diciéndome a mí misma que es por ser Ecofriendly. Camión, metro, metrobús y aún me falta el bicitaxi. He probado el nuevo servicio de Corredor Periférico, el metrobús con sus pantallas interactivas donde no pasa absolutamente nada de provecho y he vuelto a mi viejo compañero, el metro. Había olvidado lo mucho que me gusta el metro.

Sí, estoy de acuerdo: cuando está lloviendo, son las siete de la noche y no alcanzas a irte a los primeros o últimos vagones, lo odias. Deseas que un bebé asiático se atore en las puertas y lo vacíen. Pero el resto del tiempo es maravilloso.

Es barato, es una promesa de lo que quieras. Por sólo 3 pesos, puedes subirte, dar cuatro mil vueltas dentro, cambiar de línea y llegar a donde se te pegue la gana. Menos Tláhuac, al menos por el momento.  Puedes subirte en el Toreo, donde colindan los estados y terminar en la cueva del demonio en Pantitlán. La mayoría del tiempo es mucho más rápido que ir en el carro, cuando hay tráfico y si eres mujer (eres multitask) puedes hacer mil cosas. Además, yo, una fiel seguidora de “the old style”, sigo y seguiré comprando boletitos sin reemplazarlos por la tecnológica tarjeta.

Algo es seguro: el metro no es para princesas. Ahí no hay nada de: “No me gusta ir apretada”, “Va muy lento”, “Guácala el tubo”, “Camino mucho”… es de guerreros. Si uno adopta esa actitud, jamás será un viaje placentero.

Me gusta porque te da tiempo.  A mi me desata una necesidad de pensar. Pensar en mí, en lo que me pasa. Practico pasitos de flamenco sentada, me gusta observar detenidamente los símbolos de cada estación. Me entra el pánico siempre de que no me baje en la estación correcta. Me encanta observar a la gente. Ver lo que trae puesto, ver lo que trae en las manos. Ver lo que está leyendo. Me encanta leer en el metro, porque el tiempo se me va más rápido. El ruido del pasar del vagón absorbe mis pensamientos y me concentro completamente en mi lectura. Me encanta el metro porque se ve de todo. Las mujeres maquillándose, retocando su peinado. Sacan el labial y en un malabar de una mano en el tubo y en la otra lipstick y espejo, logran dominarlo. Los niños que regresan de la escuela. Los novios besándose en una esquinita. Los que traen un iPod y me intriga qué pueden estar escuchando. Las gangas. Yo chacharera a morir he comprado mil artefactos inútiles en el metro. Subirte a la línea azul es como pasearte en un tianguis.

Me encanta ir al centro y pasar por el corredor del Zócalo. Meterme a las librerías y que me den ganas de comprarme todo.  Aún no supero ese Discomp3con100cancionessólo10pesos que no me compré y traía lo mejor de la  música New Age.  Por fin en el ir y venir pude terminar mi libro. Me encanta buscar ratones en las vías. Me encanta caminar y bailar. Me gusta el metro porque todos están en la misma calidad de pasajeros. Las señoras visten lo más extraño, se ven señores extraños, extranjeros guapos, extranjeros horribles, hippies, hipsters, emos, niños, secretarias, ejecutivas, chicas muy guapas, señores pervertidos, gente dormida, gente llorando, gente cantando. Mi maestra de filosofía de la prepa decía: “Si quieres entender a la humanidad y su historia, date una vuelta a Pino Suárez a las 3pm”.

Si se sabe utilizar, ahí uno se puede enterar de todo. Funciones de ballet, bazares, estrenos de películas, clases de baile, exposiciones de museos. Yo sigo buscando el anuncio del bicentenario de tres adelitas que uno de mis tíos asegura, es una antepasada mía. La abuela de mi abuelo.

Una vez conocí a un chico en la estación Centro Médico. Yo venía de Coyoacán. Él estudiaba medicina. Platicamos hasta Tacubaya donde me bajé. Me emocionó más el conocer a alguien de una manera completamente aleatoria que la persona en sí.

Algún día, escribiré todas las historias que me pasan por la cabeza al ver a las personas ahí dentro.

Y si no la han escuchado, el metro es tan inspirador que Café Tacuba tiene una canción titulada así.

De medianoche

mayo 19, 2010 - Escribir una respuesta

Desde chiquita he leído como loca.

Lo primero que me cayó en las manos fue un tomo ilustrado de Mujercitas que me compró mi mamá . La verdad, me cagaba porque tenía dibujos, no me daba chance ni de imaginarme a las dichosas mujercitas, pero aún así lo leí más de una vez. Así he pasado por no miles, pero bastantes libros, al grado que se le ha vuelto a mi familia una costumbre regalarme libros en las festividades como es costumbre regalarle a mi mamá cosas de vaca para su cocina. Yo, encantada.

Después de hacerme de un culposo gusto por las novelas románticas, comenzando por las clásicas en las que a las mujeres seguro ni la mano les agarraban como Jane Eyre u Orgullo y Prejuicio, pasé por otras tantas biográficas y al final incursioné en las que tenían un poco de erotismo. Bueno, tampoco la Bianca de la esquina con el chico mamado en la portada, ni ha caído en mis manos (todavía) un libro vaquero. Pero me encantaba que dijeran las palabras prohibidas, que se tiraran a la protagonista o que a la otra se le acalambrara la entrepierna pensando en no sé quién. Tiene sus consecuencias: a la fecha odio la palabra pezón y la palabra nalga.

Yo estaba más chiquita y me alimentaba un morbo por algo que no conocía, en lo que no pensaba mas que cuando lo leía y que me despertaba una curiosidad bárbara porque en la escuela de monjas en la que iba en la primaria me habían metido en la cabeza que eso de andar cogiendo era cosa del demonio. No tan literal, pero me lo daban a entender sin muchos rodeos. Después de eso bastó aventar los libros y buscar eso mismo que tanto le huía pero por otro lado. En fin, esa es otra historia.

El caso fue que me encantaba leer y tanto me encantaba leer que en una novela de esas que me eché en un par de días lo decidí. La nena quería escribir.  Quería inventarme una de esas “guerreras” que sufrían y todo, pero terminaban felices. Lo que no comprendía es que lo que quería era inventarme otra yo. Una menos pendeja y que le pasaran cosas más felices. Más emocionantes.  Que no tuviera que andar de ñoña, tuviera que cumplir con expectativas de nadie y además, que hiciera lo que se le pegara la gana.

A la fecha, no he encontrado a mi protagonista. No he aprendido a descubrirla, quizás soy yo. Quizás es una de las tantas mujeres maravillosas  que conozco, las que bailan flamenco, las que escriben precioso, con las que hablo de sexo, las que conducen un noticiero, las que las chingan sus novios, las que lastiman, las que chillan, las no tan maravillosas que me caen gordas, las que me bajaron un novio, las que lo persiguen. Es como tener botes de helado de mil sabores y no decidirte por ninguno. Igual que en los helados, tal vez necesito echarle de todos a mi postre. No he encontrado a la que le toque la vida que tengo en la cabeza, que no quiero para mí, pero quiero que alguien la tenga. Para que no se desperdicie.  Sólo he aprendido a perderme leyendo, no a olvidarlo todo, porque si me viajo mucho, no sabría cuándo regresar.

Parece que cada vez me alejo más de mi historia. De lo que esperaban de mí, quise cumplir… pero no era lo que quería.

Qué cabrón, ¿no? Afortunadamente encontré el flamenco, que es una especie de heroína personal. Lo oigo, pienso en él, muero por probarlo otra vez y lo necesito cada momento. Y antes de que eso pasara y que el Facebook y el Twitter me carcomieran el ocio, mantenía este blog de vez en cuando hablando de niñerías, cogiditas, amores imposibles y hasta qué día me tocaba la menstruación. Se me fue la musa, de vacaciones. Le he mandado postales, correos, señales de humo, le he prometido sacrificar un borrego o una doncella virgen. Ni así ha regresado. Si la ven, le dicen que la ando buscando, a ver si se digna a sentarse conmigo más seguido para llenar este espacio de toda la cantidad de marañas que existen en mi cabeza de todos los temas existentes. Menos de política, fútbol o carros . La primera me caga, el segundo los reenvío con alguien que le sepa porque seguro voy a decir una estupidez  y la tercera, para mí todos son de colores y con cuatro ruedas.

No estoy segura de lo que trata el post. Es una especie de protesta/manifiesto/vómito mental de insomnio.

Pero aquí, como en las mejores fondas de la ciudad: que caiga el que quiera y que le entre si ve algo que se le antoje.

Y me hago la firme voluntad de bajarle a mis raciones de pan, dejar mi reciente adicción a las Barritas de Fresa y pasar más seguido por aquí.  Les dejo una foto de mis zapatos rosas, ojalá como a mí, les haga sonreír la tonalidad tan de fantasía que tienen. Adornan mis más amados instrumentos de trabajo.

“Claro que yo quería que me quisieran, toda la vida me la he pasado queriendo que me quieran.”

- Catalina. Arráncame la vida.

Estos cinco corazones

abril 3, 2010 - Escribir una respuesta

El amor nunca es fácil. Nunca es espontáneo. Nunca es fluido.

Uno sufre en el secreto de un amor que busca y ha visto irse con alguien más. El otro sufre en el remordimiento de una confusión… cuando lo que siempre quiso ha cambiado y a quien siempre quiso también. Un tercero se recuesta en un torso que le permite soñar cuando en realidad está tentando al destino… apostarlo todo. Uno más, el que tiene que tomar la decisión y saltar al precipicio…. hay otro corazón de por medio. Un último, el que escribe las líneas, al que lo invade la incertidumbre: esto que siente, no es nada como lo planeó… ahora llega el momento de decidir, luchar, enfrentar y actuar. Qué difícil.

Finalmente todos esperan lo mismo. Una señal. Un amor. Ser o tener un príncipe azul, que rescate estos corazones confundidos, que les dé una respuesta. La emoción de un nuevo amor. La entrega de alguien más. La entrega propia. Ese algo que les quite el escepticismo. Que les cure las heridas. Que les haga creer en el amor. Pobres corazones, tan llenos de dudas, tan llenos de pasión. Tan llenos de decisión.

Me pregunto si aún es posible encontrarlo. Si aún es posible tenerlo. Si aún es posible creer, que todo lo que necesitas es amor.

Bullies

enero 7, 2010 - Escribir una respuesta

Hace rato mientras me daba mis vueltas nocturnas por la cocina (a veces soy como un roedor y muero en los antojos de media noche) me di cuenta de algunas fotografías que tiene mi mamá en las que somos tan solo unos pequeños polluelos, hace ya bastantes ayeres.

Hay una en la que salimos mi mamá y yo, donde tengo los ojos rojos llorosos y una cara de puchero propia de un berrinche fatal. A mis escasos 4 ó 5 años, con el cabello relamido y lleno de gel y un vestido rosa espantoso que le encantaba a mi madre sugerir para mis outfits del día.

Como película mala de Tom Hanks, tuve una regresión a ese día tan pronto miré la fotografía.  Habíamos ido a comer en familia (excepto mi hermano, que ni pensado estaba) a un lindo restaurante en la carretera a Cuernavaca que tenía como símbolo una linda criatura marina. Llegamos y había una inmensa zona de juegos de colores con aros, toboganes, etcétera. Ahora es lo más común del mundo, pero en 199ish era una maravilla. Me apuré a comer whateverthehell pedí, para poder salir a jugar. Entusiasmada salí para encontrar los juegos casi vacíos. ¡Estaba feliz! Eran todos para mí.

Me quité los zapatos de correa del demonio como Dios me dio a entender y me trepé al tobogán feliz. Entonces, ahí estaban: dos niños un poco más grandes que yo.

- “No puedes entrar aquí, las niñas son feas y aquí solo se suben los  niños y si te subes, te bajamos”.

Actualmente, una línea así hubiera desatado una patada en sus partes reproductoras además de una armoniosa mentada de madre. Pero en ese momento, con el vestido que odiaba, me puse los zapatos a la velocidad de la luz y corrí con mi mamá mientras lloraba. Me preguntó porqué, pero mi orgullo destrozado le dijo que me había caído saliendo a los juegos y ya no quería ir. Terminé mi postre y ya no quise salir a jugar, quería irme a mi casa. Tan chiquita y tan orgullosa. Pinches hombres. Esa fue la primera vez que me hizo llorar alguien del sexo opuesto aunque  no la última.

Así comenzó mi girlpower y mis ganas de enseñarles que cual siglo XIX era más capaz de ellos (con todo y vestido) de treparme al dichoso tobogán. Pobre de mí. Ahora comprendo muchas cosas.

Nesting

diciembre 17, 2009 - Escribir una respuesta

Hace un par de años, el matrimonio me parecía un papelito. Una boda, aquel evento al que asistiría vestida de algún color chillón a llorar por que alguna de mis amigas había crecido y empezaba una familia. Todo el tema “settle down” era algo muy lejano e indiferente a mí.

Ni modo, resultó que soy una chica más común de lo que creí. Quiero todo eso. No ahorita, eso es cierto, pero lo quiero. Quiero una boda, con vestidito, ramo, pastel  y todo, quiero una luna de miel en Hawaii, quiero una casa, quiero hijos, quiero llevarlos a la escuela. Quiero un esposo. Quiero todo eso que siempre le critiqué a las que lo soñaban desde los 10 años. Quién diría. Yo que me imaginaba solterona y con 10 gatos asustando niños en mi jardín.

Aún quiero todo lo demás. Quiero ver, viajar, vivir, bailar, crecer.

Pero sí.. eventualmente, i will settle down.

La verdad… creo que voy a ser una buena mamá. Y una buena esposa.

Qué raro, no?

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